El que llegue a contemplar la Pasión de Jesús a través de los ojos de María, podrá mirar sin turbación el mal del mundo y «completar en su carne lo que falta al sufrimiento de Cristo» (Col 1,24). María desde la Anunciación, pasando por la pérdida en el Templo y por Cana, ha ido creciendo en la oscuridad de la fe. Está pronta a reconocer los designios de Dios, la hora. Se mantiene en pie junto a la cruz. Con Jesús, desciende hasta el fondo del mal, que es lo bastante fuerte como para dejarla exánime por el sufrimiento que le produce. Nueva Eva junto al nuevo Adán. Sólo hace una cosa con el corazón: unida a él es capaz de abrir su espíritu al amor universal. He aquí tu madre. He aquí tu hijo. Para ella Jesús es toda la humanidad que en él encuentra la salvación. En adelante ya no es posible amarle a él, sin amar con él a todos los hombres que él ama. En María comienza la Iglesia, esposa de Cristo, y el nacimiento de todos los hombres a la vida y al amor.

Jean Laplace sj

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