« ¿Dónde nace el amor a sí mismo?» Hay que tener cuidado de no confundir el «amor propio» con el «amor a sí mismo» del que habla Jesús en el evangelio. El egoísta es quien se ejercita en edificar el «amor propio». El amor propio es un exceso de apego a sí mismo, a la propia imagen. Está compuesto de un montón de ilusiones, miedos, emociones, ideas sobre la realidad a las que, por desgracia, se aferra. Se cree más de lo que es y se admira a sí mismo. Compensa con la fantasía y la imaginación aquello de lo que en realidad carece: amor a sí mismo. El amor propio nace de la comparación con los demás. Se preocupa por forjar una imagen de sí mismo y trabaja para que los demás lo vean como él quiere verse a sí mismo. El egoísta vive enhebrando fantasías en su mente y su corazón, por eso raramente puede responder a las exigencias de un amor sano. El «amor a sí mismo», por el contrario, es algo muy distinto. Nace de lo más hondo de nuestro ser y no de la comparación ni del apego a ...