“Sed buenos. Buenos en vuestro rostro, que deberá ser distendido, sereno y sonriente; buenos en vuestra mirada, una mirada que primero sorprende y luego atrae. Buena, divinamente buena, fue siempre la mirada de Jesús [...] Sed buenos en vuestra forma de escuchar. 
Sed buenos en vuestras manos: manos que dan, que ayudan, que enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor, que abrazan al adversario y le inducen al acuerdo, que escriben una hermosa carta a quien sufre por nuestra culpa [...].
Sed buenos en el hablar y en el juzgar; sed buenos, si sois jóvenes con los ancianos; y si sois ancianos, sed buenos con los jóvenes.
Mirando a Jesús, para ser imagen de Él, sed, en este mundo y en esta Iglesia, contemplativos en la acción; transformad vuestra actividad ministerial en un medio de unión con Dios.

Sed buenos. El sacerdote debe ser ciertamente el hombre de la santidad, de la fe, de la esperanza, de la alegría de la palabra, del silencio, del dolor. Pero debe, sobre todo, ser bueno: debe ser el hombre del amor”

Pedro Arrupe, SJ

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