Te ofrezco, hoy, lo que soy y tengo:
mi vida, mi cuerpo y todos mis sueños,
mis penas y mis dudas, mi firme empeño,
mi esperanza de ser envuelta en miedos;
mi dolor porque a veces quiero y no puedo;
y mi pudor porque otras puedo y me niego.
Mi espíritu rebelde y cuanto intuyo;
mi indómito carácter, mi necio orgullo;
mi tormento al no conseguir lo que quiero,
mi rabia de persona discriminada,
en tu nombre, por el fuero eclesial
que a tu Palabra tiene amordazada.
Aquí estoy como sabes y puedo,
con el silencio a mis demandas diarias,
el cachondeo de los que mandan,
la justicia que nunca llega a tiempo
y el reseco en mi garganta que clama,
como la protagonista de tu parábola.
A veces me debato, sola conmigo,
por callar lo que debo decir a gritos,
por no callar a tiempo cosas que digo;
y otras me encaro con todos y Contigo
por lo fácil que olvidamos lo que somos:
hermanos hechos por tu soplo y mano.
Junto a la desazón, por mi impotencia,
yo te ofrezco, Señor, mi ternura y mis besos,
lo más claro, fresco y gratuito que tengo;
y también te ofrezco mi gozo,
pues la inercia nunca fue mi compañera
ni me impidió nadar corriente arriba.
Abrigando esperanzas –dicen que locas–
espero, y lo que espero son tantas cosas,
que a veces me pregunto si es osadía
el seguir hoy soñando con la utopía
que anunciaste con tu venida a esta tierra,
y si mi regazo podrá acoger tus sorpresas.
Pero, en mi debilidad y dudas, me alivia, Señor,
que me quieras así antes que desilusionada o tibia.
Florentino Ulibarri

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