El pagano que hay en mí
Superado el miedo tras la muerte de Jesús, sus discípulos comienzan a actuar. Leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los apóstoles realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Entonces, el sumo sacerdote y todos los de su partido, es decir, el grupo de los saduceos, llenos de rabia prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor abrió por la noche la puerta de la cárcel, los sacó y les dijo: – Id, y anunciad al pueblo en el templo todo lo referente a este estilo de vida. Dóciles a este mandato, entraron de madrugada en el templo y se pusieron a enseñar”. (Hch 5, 12a.17-21a)
Parece que desde el principio los apóstoles tenían claro que su misión no consistía en predicar una doctrina o conseguir adeptos para una nueva “secta”, sino en anunciar y proponer con su palabras, su actuar y su testimonio un “estilo de vida”, una manera de encarar la vida, tal como habían aprendido del Señor Jesús.
Pero desde los inicios se les plantea un problema: ¿quiénes son los destinatarios de ese anuncio? ¿Los judíos? ¿Los gentiles? ¿Los judíos y los gentiles? ¿Los gentiles tenían que hacerse judíos para ser cristianos? El problema duró años. Para los judíos el mundo se dividía entre “ellos” (los únicos elegidos por Dios) y los “gentiles” lo de “fuera” del pueblo que no tenían acceso a Dios y a su salvación. Superar esta mentalidad en la primitiva Iglesia y considerar a los gentiles coherederos del Reino fue un proceso largo y conflictivo.
Cuando el cristianismo se convierte en la religión del imperio y las personas son cristianas por “imperativo legal” se da un paso atrás. Poco a poco vamos volviendo al esquema de los judíos y los gentiles. Ahora los elegidos y salvados somos nosotros, los que pertenecemos a la Iglesia, poseemos la salvación y la verdad, no necesitamos ser evangelizados porque la fe la recibimos junto con la leche materna. La misión va destinada a los de afuera, a los no-cristianos, a los paganos, a los otros. Hay que convertirlos para que entren en el redil de la Iglesia y no se condenen ya que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Parecía clarísimo quién evangeliza y quién es evangelizado.
Dice Tony de Mello que las ovejas y los cabritos del juicio final no se refiere a dos clases de personas, sino a dos realidades dentro de cada persona. Se salvará, pues, lo bueno que hay en cada uno, y se perderá, anulándose, lo malo. Es algo que ya había afirmado San Ambrosio de Milán en el siglo IV: “la misma persona se salva en parte y se condena en parte”.
La frontera entre adentro y afuera no es geográfica, de grupo, de cultura ni siquiera religiosa. La frontera pasa por el corazón de cada persona: hay una parte de mí que actúa según el estilo de vida de Jesús y hay otra parte de mí que actúa de acuerdo a otro estilo de vida que poco tiene que ver con el Evangelio. Esa parte es “el pagano que hay en mí” y que necesita ser evangelizado. Lo mismo pasa en todo pueblo o cultura y en el seno de la Iglesia: hay aspectos de la Iglesia de la Iglesia que estarían con las ovejas y otros que tendrían su lugar con los cabritos.
Pablo VI escribía en 1975: “Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor.” (E.N. 15)
En definitiva todos somos evangelizadores y evangelizados. Todos tenemos, como personas e instituciones, un pie dentro y un pie fuera de ese estilo de vida que es el cristianismo.

Bernardo Baldeón

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