Para comprender un poco mejor esta inefable procesión de amor, dejemos por un momento la metafísica divina e interroguemos simplemente a nuestro corazón, y él nos dirá que en el amor consiste toda su vida. El corazón late, late continuamente hasta que muere, y en cada latido no hace sino repetir: Amo, amo; ésa es mi misión y única ocupación. Y cuando encuentra, finalmente, otro corazón que le comprende y le responde: «Yo también te amo», ¡oh, qué gozo tan grande! Pero ¿qué hay de nuevo entre estos dos corazones para hacerlos tan felices? ¿Acaso el solo movimiento de los latidos que se buscan y confunden? No. Estoy persuadido que entre mí y aquella persona que amo existe alguna cosa. Esta cosa no puede ser mi amor ni tampoco el amor de ella; es, sencillamente, nuestro amor, o sea, el resultado maravilloso de los dos latidos, el dulce vínculo que los encadena, el abrazo purísimo de los dos corazones que se besan y se embriagan: nuestro amor. ¡Ah, si pudiéramos hacerlo subsistir eternamente para atestiguar, de manera viva y real, que nos hemos entregado total y verdaderamente el uno al otro! Esta fatal impotencia, que, en los humanos amores, deja siempre un resquicio a incertidumbres crueles, jamás puede darse en el corazón de Dios.
Porque Dios también ama, ¿quién puede dudarlo? Es El, precisamente, el amor sustancial y eterno: Deu caritas est (1 Jn 4,16). El Padre ama a su Hijo: ¡es tan bello! Es su propia luz su propio esplendor, su gloria, su imagen, su Verbo... El Hijo ama al Padre: ¡es tan bueno, y se le da íntegra y totalmente a sí mismo en el acto generador con una tan amable y completa plenitud! y estos dos amores inmensos del Padre y del Hijo no se expresan en el cielo con palabras, cantos, gritos..., porque el amor, llegando al máximo grado, no habla, no canta, no grita; sino que. se expansiona en un aliento, en un soplo, que entre el Padre y el Hijo se hace, como ellos, real, sustancial, personal, divino: el Espíritu Santo.

ARRIGHINI, Il Dio ignoto.

Comentarios