Amarse a uno mismo significa aceptar ante Dios el ser creatural. Es decir, el sereno reconocimiento de la finitud y del límite. El amor a uno mismo se expresa en la capacidad de reconocer el propio valor. Es casi imposible que se pueda amar sanamente a los demás si no hay una sana aceptación de uno mismo. Aceptar los propios límites y fragilidades es un signo de madurez y de fe. 

P. Javier Rojas, sj

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