La Navidad revela el proyecto que Dios se había propuesto a sí mismo. 
Dios quiso comunicarse de un modo total a otro ser diferente de sí. 
Se dignó entregarse como don a alguien. 
Dios no quiso limitarse a ser únicamente Dios. 
El Creador tuvo deseo de hacerse también criatura. 
Pretendió mucho más. Quiso quedarse: 
Dios da al mismo Dios. 
Ahora bien, para darse, es preciso que exista alguien diferente que pueda recibirlo. 
Y ese alguien, capaz de recibir a Dios, fue creado.


Es el hombre.
Y, de entre los hombres, la mirada divina se posó en el judío Jesús de Nazareth.
En él, Dios estará absolutamente presente.
El hombre, consiguientemente, sólo tiene pleno sentido en cuanto que es receptáculo de Dios.
Es como una copa: sólo tiene pleno sentido si recibe el exquisito vino, pues para esto ha sido hecha.
En su hermano Jesús de Nazareth,
el hombre encuentra el sentido y la realización plena de su existencia,
pensada, querida y creada para hospedar a Dios.
Cuando, por lo tanto, Dios se auto-entrega totalmente a alguien,
nos hallamos ante la encarnación divina.
Y ¿cuándo se produjo esto?
Cierto día, llegada la plenitud de los tiempos,
Habiendo expirado el plazo de espera, Dios se aproximó a una Virgen pura.
Llamó mansamente a su puerta.
Le pidió que le permitiera habitar y vivir en la casa de los hombres.
Y María dijo sí.
Y como en su posada había lugar para él,
el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen.
Y la vida divina comenzó a crecer en el mundo.
Y he aquí que, una noche, se cumplió el tiempo.
En el silencio de la cueva,
puesto que no había lugar para él en la posada de los hombres,
nació Dios entre el rebuzno del asno y el mugido del buey.
Aquél a quien nadie había visto jamás,
Aquél a quien los hombres suplicaban: Señor muéstranos tu rostro, se mostró tal como es.
Sin dejar de ser el Dios que siempre había sido,
asumió la figura del hombres que no siempre había sido.
¡Es el misterio de la noche bendita de Navidad!
Leonardo Boff

Comentarios